martes, 28 de febrero de 2012

Caminos de la Filosofía


El último libro del filósofo español Alejandro Llano, que tiene como título el de esta columna, es una merecida reivindicación de la filosofía como aquel saber que, en su anhelo de verdad, puede hacer “rozar la felicidad con la punta de los dedos” a quien decide emprender con valentía y pasión esta magna tarea.
Le presentación del libro, que ha tenido lugar el jueves pasado en el auditorio de la Universidad de La Sabana, ha sido un espacio reconfortante en el cual el autor ha abundado en algunos puntos de su última obra. Cabe resaltar entre ellos sus ideas en torno a los sueños como aquello que comparece en la vida del hombre, muchas veces con más fuerza y nitidez que la experiencia de la vigilia. El filósofo español señala que los sueños, siguiendo Calderón, componen gran parte de la vida de los seres humanos. La ensoñación está presente no sólo cuando dormimos sino que el mundo de los pensamientos esta poblado de ensoñaciones que son los que nos permiten interpretar las cosas y las personas. Los sueños, a la vez son los que impulsan los grandes proyectos vitales y mantienen el vínculo con el futuro y el pasado, categorías también vigentes solo en el ámbito de lo no real. Este carácter irreal de la vida humana es, para Llano, la posibilidad, por contraste, de vislumbrar lo real, algo verdadero en sí mismo. Es la filosofía la que tiene la tarea de explorar estos contrastes hasta lograr colarse, por sus fisuras, en la realidad misma.
Esta perspectiva de la realidad sitúa al filósofo de modo estratégico frente al espectáculo del mundo. Todos los ámbitos de la sociedad –desde la política hasta la religión– son ámbitos que merecen una intervención filosófica. De hecho, estos campos reclaman una reflexión que reoriente algunos de los caminos por los que se han extraviado los esfuerzos humanos. La filosofía tiene algo que decir, no solo en el ámbito cerrado de la disciplina, sino en todos los escenarios de la sociedad. El filósofo español ha seguido este llamado casi al pie de la letra, pues su preocupación por difundir su conocimiento lo ha llevado a realizar numerosas publicaciones de carácter divulgativo dirigidas a los hombres de la calle. Es, tal vez, esta característica lo que permite afirmar de él, que es un verdadero filósofo, pues, como él mismo ha señalado, al filósofo le gusta la vida en las calles, especialmente en las ciudades, pues es el lugar en el que ocurre el encuentro con los otros y donde se presenta en plena ebullición la multiplicidad de versiones de la vida humana. Esta vida es de donde un verdadero filósofo bebe, orientado desde luego por la interlocución con quienes en la historia han trazado pasos significativos en los caminos de la filosofía.
El diálogo intelectual, marcado por la amistad y el amor, es la clave de esta tarea ya que “si dirigimos con otro los ojos hacia la realidad, el diálogo tiene unas consecuencias imprevisibles y, en ocasiones, sorprendentes. La condición para que suceda esta maravilla es la disposición a anteponer el valor de la verdad al placer del supuesto triunfo retórico.” Caminos de la Filosofía, p. 31.

lunes, 20 de febrero de 2012

EL AMOR COMO PARADOJA

Hablar del amor es tan difícil como apasionante. No hay un tema que atraiga más la mirada del ser humano por su majestuosidad y, sobre todo, por el misterio que encierra. Es verdad universal la del amor como motor y sentido de la vida y no parece haber un ser humano ajeno a su tremendo influjo. Las grandes historias giran en torno a su búsqueda y a la infinidad de elementos que lo rodean. Sin embargo, pese a la multiplicidad de aproximaciones y a la variedad de experiencias que atestiguan el papel del amor en la vida del hombre, se mantiene intacto el misterio insondable de esta profunda realidad.
Al parecer, es ineludible en la tarea biográfica preguntarse por este misterio. A fuerza de golpes las más de las veces, el amor comparece tarde o temprano y tiñe la existencia con tonalidades tan novedosas como extrañas. El claroscuro de la experiencia amorosa logra remover las fibras más profundas de la interioridad humana e imprimir una perspectiva y una energía capaces de transformar por completo la propia vida.  
Pero al mismo tiempo que revitaliza e impulsa, el amor trae siempre consigo una especie de herida mortal. Quien ahonda en el amor, sabe que a su vez está cavando el pozo del dolor. Cuanto más se ama, mayor será la herida que la traición o la indiferencia puedan causar. El amor contiene en sí la paradoja y la contradicción.
Marcel Proust en su majestuosa obra En busca del tiempo perdido explora, entre otros temas, el amor como contradicción y anhelo. El detalle con el que describe el mar de sentimientos, pensamientos y afecciones que suscita la espera o el encuentro con el ser amado, pone en evidencia la profunda contradicción en la que el amor se presenta. Describe el amor como una “enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita” que se puede sufrir únicamente por aquellas cosas que no se poseen totalmente. La posesión total del ser amado sería, para Proust, la misma muerte del amor, pues lo que lo hace ser lo que es, es justamente el anhelo. Cuando ya se da por supuesto a quien se ama, muere el misterio y con él, el amor mismo, pues abandonar la búsqueda del otro es quedar nuevamente suspendido en la propia soledad. El amor entonces supone búsqueda constante, anhelo de conocer y entregar.
La paradoja se hace evidente cuando interviene el dolor que acompaña la experiencia amorosa. En esa búsqueda, en el anhelo que impulsa el amor, la herida, es un ingrediente ineludible que se incrementa en la medida en que el amor crece. Anhelar más es sufrir más porque no se posee en plenitud, pero es al mismo tiempo e inexplicablemente amar más.
Olvidar esta condición del amor es desconocer toda su riqueza. El mal que nos ha hecho la versión indolora y aséptica del amor propia de la sociedad de consumo consiste en ir desdibujando cada vez más la realidad del amor hasta hacerla completamente irreconocible. La imposibilidad de ver amor donde hay dolor, entrega, sufrimiento y anhelo imprime en los seres humanos de nuestro tiempo una suerte de tara afectiva que trae como consecuencia el fracaso, no solo en cuestiones amorosas, sino en la propia vida.