La fusión de horizontes supone un esfuerzo mayor a la simple defensa argumentada del propio punto de vista. Es la clave para conseguir una comprensión real de un argumento o comportamiento radicalmente distinto al propio. Su dificultad radica en la necesidad de no “contaminar” el proceso de comprensión con el marco de referencia propio, que emerge siempre de manera inconsciente. Por eso, hace falta una actitud altamente auto-crítica que permita un estado de alerta frente a la fácil tentación de querer juzgar siempre desde el propio punto de vista.
En esta tarea, cabría pensar que los colombianos contamos con una ventaja otorgada por la marcada diversidad de nuestra cultura. Estar siempre al lado de otros distintos es, en principio, el escenario ideal para poder descentrarse del propio mundo e intentar una comprensión de la diferencia. Pero, de modo paradójico, encontramos que nuestra cultura es una de las más intolerantes y violentas. Estar con alguien diferente genera en nosotros, ya no respeto ni mucho menos curiosidad, sino temor y una marcada necesidad de resaltar la diferencia. Este comportamiento responde, tal vez, a una historia bañada por el horror de la violencia, pero sobre todo por un profundo individualismo que bloquea la humana necesidad de conocer a otros y de enriquecerse con mundos nuevos. Solo si las nuevas generaciones procuran trabajar en torno a este descentramiento, será posible alcanzar una sociedad en paz.
Desafortunadamente, el camino que muchos han emprendido con miras al diálogo y al reconocimiento de la diferencia, sufre del mismo problema que arriba se expone. Las minorías que luchan por sus derechos, tienden a configurar un discurso altamente excluyente que lo que consigue es polarizar de modo radical a la sociedad. El lenguaje utilizado por quienes representan estos sectores de la sociedad está poblado de adjetivos que descalifican a quienes “no son como ellos” o a quienes tienen una idea distinta acerca del mundo y de la sociedad. De este modo, su esfuerzo de vinculación social corre el riesgo de fracasar rotundamente pues la única manera de existir socialmente será desde lo distinto e irreconciliable. Perpetuar lo radicalmente distinto solo servirá para impedir el encuentro y el descubrimiento de lo común y, sin espacios comunes, es imposible la construcción de una sociedad real.
Un punto de partida para la superación de esta gran tara social que hoy enfrentamos sería el esfuerzo por procurar una fusión de horizontes en la vida personal. Ya que para la mayoría de los colombianos, la tarea no es la incidencia directa en las grandes estructuras sociales, sino la construcción diaria del propio entorno personal, es desde allí que nos corresponde iniciar el cambio y confiar en sus importantes repercusiones. La fusión de horizontes empieza por el abandono del “ego-mundo” y la búsqueda entusiasta del mundo del otro. No se trata de reafirmar la propia diferencia frente a los demás, sino de aprender a descubrir que en la aparente diferencia del otro, hay un yo mismo que puedo reconocer y comprender. Es de este modo que la cultura entrará por caminos reales de reconocimiento que traerán consigo la conquista del respeto y la paz, bienes tan necesarios y anhelados por nuestra herida sociedad colombiana.
"Nuestras contrariedades no son económicas ni políticas, sino intelectuales, morales y espirituales. Nuestras almas todavía ansían el drama de lo que Tolstoy llamó "vida real" (...) Ante nosotros mismos ofrecemos el aspecto de personas hambrientas a las que sólo se les ha servido serrín y espumillón" Leon Kass (El alma hambrienta)
viernes, 26 de agosto de 2011
miércoles, 24 de agosto de 2011
CONSIDERACIONES
El aborto como acto legítimo de la libertad de la mujer o como crimen silencioso de una vida que comienza, son las dos posturas ante un tema espinoso y difícil pero de urgente reflexión. Los argumentos son radicales y hacen imposible cualquier posibilidad de diálogo. Además de lo problemática que ya en sí misma es esta realidad –la de los miles de niños que dejan de nacer–, el panorama se oscurece aún más cuando es imposible entablar un diálogo entre dos posturas extremas. Ante estos casos y teniendo en cuenta sobre todo que cualquier realidad humana encierra la posibilidad de diálogo, es conveniente intentar la “fusión de horizontes” que Gadamer ha explorado como herramienta de interpretación.
Dicha fusión supone analizar aspectos que exigen al espectador salir de su punto de vista, desplazarse de su horizonte habitual hacia un terreno en el cual es posible compartir la perspectiva del otro. El simple hecho de compartir por un instante la misma mirada ya supone un primer paso en el camino hacia la comprensión. Es desde esta perspectiva que se presentan las siguientes consideraciones con respecto al aborto, pues para quienes defendemos la vida como derecho fundamental, se pueden convertir en herramientas importantes para invitar a que desde otros extremos, se observe nuestro horizonte y, desde luego, para que nosotros salgamos del nuestro a comprender motivos y razones de las otras posturas.
La OMS ha publicado ya varias veces resultados desalentadores con respecto al uso del preservativo como método de planificación y como prevención de enfermedades de transmisión sexual. Los motivos de este fracaso están, la mayoría de las veces, en factores culturales. En África, la repartición gratuita de dicho artículo, representó la opción para muchos, de tener una piñata infantil decorada al estilo americano. Se comprobó que entre el 70% y el 80% de los preservativos repartidos no tenían como destino el uso al que estaban destinados. Estudios socio-culturales concluyeron que para muchos africanos, el uso de un elemento externo en una relación sexual, suponía ir en contra de sus convicciones ancladas en una profunda vinculación con la naturaleza. Este caso, dentro de muchos otros relacionados con los llamados asuntos de salud sexual y reproductiva, muestra la terrible omisión de pensar soluciones sin tener en cuenta a quienes viven los problemas.
El caso del aborto es un ejemplo más del profundo desconocimiento en materia humana, cultural y social. De diez mujeres que abortan, ocho lo hacen por temor a ser recriminadas socialmente o por amenazas de su pareja o incluso de sus padres. Esta cifra escalofriante pone en evidencia la falacia del argumento de la libertad. En países como el nuestro, en el que la mujer aún tiene que luchar para ser reconocida y valorada, es absurdo defender el aborto como un acto legítimo de libertad. El pleno ejercicio de la libertad supone un contexto que ofrezca las condiciones materiales y espirituales para que la persona pueda reconocer cuáles de sus acciones son efectivamente libres. En nuestra cultura, la mujer libre no es la que aborta; es la que se atreve a desafiar a la sociedad dando a luz una vida en condiciones no ideales, movida por un profundo amor.
Dicha fusión supone analizar aspectos que exigen al espectador salir de su punto de vista, desplazarse de su horizonte habitual hacia un terreno en el cual es posible compartir la perspectiva del otro. El simple hecho de compartir por un instante la misma mirada ya supone un primer paso en el camino hacia la comprensión. Es desde esta perspectiva que se presentan las siguientes consideraciones con respecto al aborto, pues para quienes defendemos la vida como derecho fundamental, se pueden convertir en herramientas importantes para invitar a que desde otros extremos, se observe nuestro horizonte y, desde luego, para que nosotros salgamos del nuestro a comprender motivos y razones de las otras posturas.
La OMS ha publicado ya varias veces resultados desalentadores con respecto al uso del preservativo como método de planificación y como prevención de enfermedades de transmisión sexual. Los motivos de este fracaso están, la mayoría de las veces, en factores culturales. En África, la repartición gratuita de dicho artículo, representó la opción para muchos, de tener una piñata infantil decorada al estilo americano. Se comprobó que entre el 70% y el 80% de los preservativos repartidos no tenían como destino el uso al que estaban destinados. Estudios socio-culturales concluyeron que para muchos africanos, el uso de un elemento externo en una relación sexual, suponía ir en contra de sus convicciones ancladas en una profunda vinculación con la naturaleza. Este caso, dentro de muchos otros relacionados con los llamados asuntos de salud sexual y reproductiva, muestra la terrible omisión de pensar soluciones sin tener en cuenta a quienes viven los problemas.
El caso del aborto es un ejemplo más del profundo desconocimiento en materia humana, cultural y social. De diez mujeres que abortan, ocho lo hacen por temor a ser recriminadas socialmente o por amenazas de su pareja o incluso de sus padres. Esta cifra escalofriante pone en evidencia la falacia del argumento de la libertad. En países como el nuestro, en el que la mujer aún tiene que luchar para ser reconocida y valorada, es absurdo defender el aborto como un acto legítimo de libertad. El pleno ejercicio de la libertad supone un contexto que ofrezca las condiciones materiales y espirituales para que la persona pueda reconocer cuáles de sus acciones son efectivamente libres. En nuestra cultura, la mujer libre no es la que aborta; es la que se atreve a desafiar a la sociedad dando a luz una vida en condiciones no ideales, movida por un profundo amor.
lunes, 22 de agosto de 2011
CAPACIDAD DE ASOMBRO
El asombro ante la realidad es la actitud propia e ineludible de quien aspira a ejercer el oficio del filósofo. El talante filosófico no es compatible con el acostumbramiento ni mucho menos con la indiferencia. Sólo quien se sorprende día a día con lo que le rodea, por más cotidiana que sea su existencia, será capaz de filosofar en serio. Esta condición sine qua non del filósofo es la que permite atravesar el velo de lo siempre dado para descubrir aquello que hace que cada cosa esté revestida una novedad tal que exige indagar en su constitución y más allá de ésta, en sus causas últimas.
Platón, en Teeteto, narra el accidente de Tales de Mileto:
"para contemplar las estrellas alzó la vista y cayó en un pozo, y entonces una muchacha lista y graciosa, tracia, se burló de él, pues se afanaba en saber lo que hay en el cielo pero le pasaba desapercibido lo que tenía delante suyo, a sus mismos pies. Y esta misma burla sigue alcanzando siempre a los que viven en filosofía".
La risa de la muchacha tracia, ha tenido gran eco en la historia. El quehacer filosófico sigue siendo considerado en muchos casos, un ejercicio que carece completamente de utilidad y que no hace más que distraer a algunos de los acontecimientos diarios. Estos acontecimientos, llenan las páginas de los diarios, el tiempo de los noticieros y, de paso, las mentes de aquellos que viven inmersos en la rutinizada vida moderna. Así, la capacidad de asombro tiende, de modo vertiginoso, a desaparecer como actitud vital. La sorpresa ante lo sucedido es cada vez más escasa. Hechos tan espeluznantes como la guerra y los ataques terroristas residen con anticipación en la imaginación gracias a Hollywood, de modo tal que cuando estamos ante ellos, no son más que la repetición de una escena ya conocida que no genera en nosotros más que un profundo hastío.
La opción ante este cansancio es la evasión. Cada uno refugiado en alguna de las múltiples distracciones que ofrece el mundo tecnológico o la diversión social, olvida rápidamente la sucesión de acontecimientos de los que ha sido testigo virtual y con este olvido queda enterrada también la capacidad de sorpresa.
Por ello es urgente un retorno al asombro que exige poner entre paréntesis el flujo de acontecimientos, detenerse un poco a “contemplar las estrellas” como lo hizo Tales de Mileto, y correr el riesgo, con valentía, de caer en el pozo de la reflexión filosófica, a expensas de la burla o el desconcierto de quienes miran. La actitud filosófica es fundamental para encontrar el sentido de los hechos. Todo acontecimiento tiene causas que explican su origen y fin y éstas, por lo general, no se presentan de manera explícita.
Es recomendable fomentar la capacidad de asombro. Si bien, como seres humanos la poseemos de modo natural, factores culturales y sociales nos han hecho olvidarla poco a poco. Ante tal olvido el antídoto es la filosofía misma. Aprender de quienes, asombrados, pudieron ver más allá de los hechos, es un camino seguro para revivir aquel talente que nos despierta del profundo sueño en el que nos ha sumido la indiferencia.
Platón, en Teeteto, narra el accidente de Tales de Mileto:
"para contemplar las estrellas alzó la vista y cayó en un pozo, y entonces una muchacha lista y graciosa, tracia, se burló de él, pues se afanaba en saber lo que hay en el cielo pero le pasaba desapercibido lo que tenía delante suyo, a sus mismos pies. Y esta misma burla sigue alcanzando siempre a los que viven en filosofía".
La risa de la muchacha tracia, ha tenido gran eco en la historia. El quehacer filosófico sigue siendo considerado en muchos casos, un ejercicio que carece completamente de utilidad y que no hace más que distraer a algunos de los acontecimientos diarios. Estos acontecimientos, llenan las páginas de los diarios, el tiempo de los noticieros y, de paso, las mentes de aquellos que viven inmersos en la rutinizada vida moderna. Así, la capacidad de asombro tiende, de modo vertiginoso, a desaparecer como actitud vital. La sorpresa ante lo sucedido es cada vez más escasa. Hechos tan espeluznantes como la guerra y los ataques terroristas residen con anticipación en la imaginación gracias a Hollywood, de modo tal que cuando estamos ante ellos, no son más que la repetición de una escena ya conocida que no genera en nosotros más que un profundo hastío.
La opción ante este cansancio es la evasión. Cada uno refugiado en alguna de las múltiples distracciones que ofrece el mundo tecnológico o la diversión social, olvida rápidamente la sucesión de acontecimientos de los que ha sido testigo virtual y con este olvido queda enterrada también la capacidad de sorpresa.
Por ello es urgente un retorno al asombro que exige poner entre paréntesis el flujo de acontecimientos, detenerse un poco a “contemplar las estrellas” como lo hizo Tales de Mileto, y correr el riesgo, con valentía, de caer en el pozo de la reflexión filosófica, a expensas de la burla o el desconcierto de quienes miran. La actitud filosófica es fundamental para encontrar el sentido de los hechos. Todo acontecimiento tiene causas que explican su origen y fin y éstas, por lo general, no se presentan de manera explícita.
Es recomendable fomentar la capacidad de asombro. Si bien, como seres humanos la poseemos de modo natural, factores culturales y sociales nos han hecho olvidarla poco a poco. Ante tal olvido el antídoto es la filosofía misma. Aprender de quienes, asombrados, pudieron ver más allá de los hechos, es un camino seguro para revivir aquel talente que nos despierta del profundo sueño en el que nos ha sumido la indiferencia.
lunes, 1 de agosto de 2011
DIAGNOSTICO CULTURAL
Desde que Freud instaurara las ya comunes y difundidas categorías psicológicas para explicar los conflictos que enfrenta el ser humano a lo largo de su vida, Occidente ha decidido leer en clave terapéutica todo aquello referido a la dimensión afectiva y emocional del ser humano. Lo que antes era considerado como un rasgo de la personalidad ahora tiende a ser interpretado como señal de psicopatología. Ya no hay niños curiosos e inquietos sino enfermos de TDAH con necesidad urgente de medicación; también los adultos buscan con ansiedad la clave terapéutica que les ayude a superar las taras sociales que le impiden alcanzar el éxito. Estas situaciones, entre muchas otras que caracterizan la cultura actual, son fruto de la pretensión moderna de instrumentalizar la razón hasta el punto de poder usarla para adquirir un dominio pleno de los sentimientos y emociones.
Lo curioso de esta pretensión es que tenga tanta popularidad dentro de un mundo que explota de modo exagerado la dimensión emocional humana. El sistema capitalista vigente está colmado de dinámicas que utilizan los afectos y sentimientos para fomentar un consumo cada vez menos racional, al mismo tiempo que crea la necesidad de acceder con urgencia a técnicas terapéuticas para poder resolver los problemas personales. El sistema hace las veces de tirano y salvador y todo queda justificado si, con su estrategia, produce grandes cifras en los mercados mundiales. La dinámica que se instaura en la cultura de hoy es la búsqueda de fuertes e intensas emociones que sobrepasen el punto de ebullición de la afectividad, para luego, ya quebrados, recurrir a los manuales de autoayuda, las clases de yoga, las gotas naturales o el psicoanálisis, con la esperanza de recuperar el control.
A esta dinámica hay que añadir que la explotación de las emociones se lleva a cabo en el ámbito de la ficción pues es en escenarios inventados donde se invita a vivir en esa magnitud las emociones. Como dice la filósofa Ana Marta González, “característica de la cultura en que vivimos no es solo cierta mezcla de ficción y realidad, que alimenta la ironía posmoderna, sino también la sobredosis de ficciones.”
En este proceso, queda del todo desatendida la educación de la afectividad. La posibilidad de que el ser humano, sin necesidad de instrumentalizar la razón, sino haciendo amplio uso de su inteligencia consiga comprender, manejar y armonizar sus afectos, es prácticamente ignorada por la cultura. Así, la afectividad queda sometida al vaivén de los juegos emocionales del consumo y la terapéutica de turno.
El cultivo de los afectos implica ser capaz de responder, con la emoción adecuada, a las distintas acciones de las que somos protagonistas. Pero estamos inmersos en una cultura en la que no hay claridad alguna sobre tal correspondencia. El camino terapéutico es confuso precisamente porque en muchos casos olvida que la afectividad es una dimensión que debe ser educada y cultivada. No es suficiente el diagnóstico o rotulación de las situaciones vitales para comprenderlas y manejarlas en profundidad. El camino terapéutico que hemos emprendido necesita desde muchas perspectivas una pronta y urgente revisión, pues de lo contrario estaremos perdiendo la posibilidad real de explorar la riqueza de la afectividad humana.
lunes, 18 de julio de 2011
ARTE Y FILOSOFÍA
¿Acaso no es suficiente el arte que en su silencio, repleto de sentido -o sin sentido- ya nos basta como mensaje de lo inasible y del misterio que nos envuelve? ¿Para qué la filosofía, con su interminable preguntar, con su modo, a veces incomodo de indagar, cuestionar y escudriñar en la médula del ser e irrumpir con la razón en el plano imperturbable de la sublime o escabrosa naturaleza del fenómeno artístico?
A pesar de recoger, siempre y principalmente, el mundo de lo sensible, de lo irracional, de lo emotivo, el arte se presenta también como pregunta, como movimiento constante, como promesa de verdad. Esta innegable dimensión tiende un sólido puente con el quehacer filosófico que se asemeja a un interminable tejido lleno de novedad.
Aunque dicha relación siempre ha estado presente, es en la filosofía contemporánea que el límite entre ésta y arte tiende a perder su nitidez, pues el ser humano al estar inmerso en la existencia y al encontrar en ella el misterio y la maravilla de la contradicción, pone en interrogación el excesivo racionalismo que deja al ser humano encerrado en sí mismo e inmerso en un estado auto–consciente que lo distancia de los otros y de la vida misma. Del malestar moderno, surge una nueva apertura que implica la experiencia creadora de salir de sí hacia los otros de manera radical y que permite reconocer en esta experiencia algo de, lo que bien valdría llamar, la condición humana. Así, se abren nuevos caminos para entender la experiencia del lenguaje que invita, en este caso, más que a una ética, a una estética.
Desde esta perspectiva, se vislumbra un horizonte de reflexión que tiene como propósito la búsqueda de lugares de encuentro entre filosofía y arte que, como en el caso concreto de la poesía, trasluce la cercanía entre la pregunta por el ser y la experiencia artística.
Basta seguir los pasos de un filósofo y un poeta que encuentran identidad para descubrir que tal límite es del todo inexistente. Las reflexiones de algunos filósofos sobre el arte de renombrados poetas son un claro ejemplo de cómo aquél leiv motiv que, tanto arte como filosofía persiguen, se presenta en términos similares desde los dos lenguajes. Es decir, la especulación filosófica está presente, así sea de manera tácita, en la inspiración poética; y aquella, al ver nacer el verso, sin duda se habrá ayudado de los escalones del asombro y la reflexión, herramientas propias del quehacer filosófico. Sólo un poeta consigue una aproximación tal al problema central del conocimiento humano:
“¡Y nosotros: espectadores, siempre y en todas partes,
vueltos hacia todo, pero nunca hacia fuera!
Esto nos desborda. Lo ordenamos. Se derrumba.
Lo ordenamos de nuevo y nos derrumbamos nosotros.
¿Quién pues, nos dio la vuelta de tal modo
que hagamos lo que hagamos siempre tenemos la actitud
del que se marcha?”
(Rilke, Las elegias de Duino)
Pero sólo el filósofo es capaz de aprovecharla en toda su dimensión.
“El hombre, por el contrario, capaz como es de ordenar el caos, experimenta intensamente su irreductible amenaza. Ve que el riesgo de una ruina total, de una desilusión absoluta, permanece constantemente pendiente sobre su cabeza.” (Heidegger, ¿Y para qué poetas?)
lunes, 11 de julio de 2011
IMAGINARIOS SOCIALES PERVERSOS II
En la anterior columna expuse brevemente qué es un imaginario social y cómo en Colombia poseemos unos cuantos que tienen un efecto perverso para el desarrollo social. Se ubica el imaginario social en el plano de la precomprensión, es decir, en aquel ámbito con el cual contamos antes de que entre en acción la comprensión teórica. Este sugerente concepto que tomo de la filosofía heideggeriana hace referencia, más que a un posible estado in o sub consciente, al trasfondo de lo que constituye la construcción conceptual. Este trasfondo hace alusión, de manera fuerte, al contexto o entorno como lo que nutre en primera instancia aquello que permite configurar un concepto acerca de una determinada cosa. Por esto, la complejidad de los imaginarios sociales radica en lograr captar sus fuentes y su real configuración pues al ser cosas de las cuales no estamos completamente al tanto, tendemos a desecharlas por irrelevantes.
Hago esta breve explicación porque considero que si queremos descubrir y entender algo así como una identidad colombiana, es necesario dirigir los esfuerzos hacia esa “oscura” zona de los imaginarios. La antropología cultural ha hecho valiosos aportes en este sentido; pero éstos todavía no consiguen liberarse de quedar catalogados, dentro del ambiente académico, como conocimiento exótico o pintoresco (en algunos casos porque los mismo investigadores se encargan de presentarlos como tales).
Pero, más allá del ámbito académico, el esclarecimiento de cuáles son los imaginarios que impulsan nuestro comportamiento ciudadano es una gran herramienta de autocomprensión y orientación de acciones. No solo es el caso de corrupción el que refleja la perversidad de nuestros imaginarios; también la exagerada y ya casi ridícula estratificación social encierra una precomprensión de lo que deben ser las relaciones sociales. El servilismo ha pasado a ser un rasgo característico del modo de ser colombiano. En una sociedad en la que se pregunta por el estrato incluso antes de preguntar por el nivel de educación, es evidente que se está sobrevalorando la posición económica de las personas. Esta condición es la que determinará, no solo aspectos asociados a la economía como tal, sino asuntos relativos al poder, al respeto y a las oportunidades. El valor de la persona no está dado aquí por quién se es, sino por qué se tiene. El servilismo reafirma está lógica macabra en la medida en que supone que quien tiene más dinero tiene poder de mando sobre quien tiene menos. La aceptación tácita de estas dinámicas de relación impulsa de modo radical que el valor por excelencia siga siendo el dinero y por lo tanto, que cualquier medio sea legítimo y aplaudido para alcanzarlo.
En la sociedad colombiana, en cada uno de sus rincones, se respira esta premisa como modo de relación. La publicidad vende sueños en este sentido y los ciudadanos orientan sus vidas y sus acciones a la consecución de medios que le permitan instalarse por fin en la cima de la pirámide. Muchas veces se considera que la manera de alcanzarlo es ponerse al servicio de los poderosos de modo incondicional; se mal entiende el concepto de servicio y se cae en el servilismo radical. Así las cosas la sociedad colombiana tiene pocas claves para comprender que como personas, todos merecemos un trato igual.
martes, 28 de junio de 2011
IMAGINARIOS SOCIALES PERVERSOS
Según la Real Academia de la Lengua Española, lo perverso es algo “sumamente malo, que causa daño intencionadamente y que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas”. Es precisamente éste el adjetivo que quiero proponer para describir el estado de nuestros imaginarios en Colombia.
Un imaginario social es una idea que ha encontrado un nicho en el pensamiento cotidiano, es decir, que se ha instaurado cómodamente en el modo como la mayoría de las personas de un grupo social comprenden la realidad. Desde esta perspectiva, no es raro pensar que los imaginarios sociales de los colombianos estén configurados de tal modo que permitan e incluso animen acciones que destruyen la sociedad.
Hace más o menos dos meses, coincidía la visita de unos profesores españoles con el estallido mediático de uno de los múltiples escándalos de corrupción que vivimos hoy. El comentario inevitable de los extranjeros estuvo dirigido a la increíble capacidad de “tolerancia” que frente a la corrupción se respiraba en el ambiente y que se pudo corroborar por la poca o nula manifestación pública de la sociedad civil en contra de tales escándalos.
Hace una semana, fui víctima de un robo dentro de un supermercado en uno de los barrios más prestigiosos y “seguros” de la ciudad de Bogotá. El comentario inevitable de muchos de los espectadores del delito fue, por inercia, “eso le pasa por dar papaya”. Además del impase que representa perder la documentación y otros bienes, quien es robado carga con la culpa del delito.
Quiero aprovechar los dos casos referidos para ilustrar la lógica perversa de nuestros imaginarios sociales. El ladrón ocupa, en este orden, el lugar del héroe que supo aprovechar una oportunidad para salirse con la suya, es el “vivo” que consiguió burlar al tonto y a la tonta norma. Este comportamiento está altamente reforzado por un entorno en el cual la “plata fácil” es la meta vital. Así, quien aprovecha una circunstancia o un cargo político o social para beneficio propio y pasa por encima del bien común y de los otros, es, si no aceptado y aplaudido, por lo menos tolerado y entendido por la sociedad entera. En nuestra lógica aún no existe la equivalencia directa entre este tipo de comportamiento y la injusticia que debe ser castigada, ante todo y primero, por la sociedad.
La corrupción es sólo uno de los muchos casos que reflejan este rasgo de nuestros imaginarios sociales. Pero hay muchos más en los que se puede encontrar una lógica que responde a la perversidad. Lo interesante del análisis de los imaginarios sociales es que estos pertenecen, como diría Heidegger, al plano de la precomprensión, es decir, a un ámbito previo al estado de comprensión en el cual no vemos claramente qué y cómo estamos pensando. Es un ámbito en el que la comprensión del mundo no es del todo consciente y por lo tanto, no podemos nos hacemos cargo de modo pleno.
Pero esto no quiere decir que estemos encadenados a estos imaginarios. El hecho de sacar a la luz algunas pistas sobre la lógica que subyace a nuestro comportamiento social es ya un primer paso para comenzar a cambiarlos.
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