"Nuestras contrariedades no son económicas ni políticas, sino intelectuales, morales y espirituales. Nuestras almas todavía ansían el drama de lo que Tolstoy llamó "vida real" (...) Ante nosotros mismos ofrecemos el aspecto de personas hambrientas a las que sólo se les ha servido serrín y espumillón" Leon Kass (El alma hambrienta)
viernes, 14 de octubre de 2011
PALABRA Y REALIDAD VIRTUAL
“Una noche fantástica en compañía de mi esposa y mis hijos”. Este es el “status” de un perfil de uno de los más de 500 millones de miembros de una famosa red social. Allí, dentro de las muchas actividades que se sugieren, está decir públicamente lo se piensa. De hecho, la frase explicita “What´s on your mind?” invita a los miembros a escribir sus reflexiones y pensamientos de acuerdo a la actividad que estén realizando en el instante. La frase que encabeza esta columna pone en evidencia lo extraño y complejo que puede llegar a ser el mundo de las redes sociales y los medios virtuales. En el mundo real, ¿qué tan fantástica puede llegar a ser una situación en la cual la atención está divida entre lo que se está haciendo y el esfuerzo de hacérselo saber al mundo entero? Los acompañantes del personaje en cuestión contaban en ese instante, no solo con la presencia a medias de su padre y esposo sino con la molesta intervención de algún dispositivo electrónico responsable de la semi-ausencia del ser querido. ¿Fantástica? Si nos ceñimos al significado de la palabra (Del lat. Phantastĭcus. Quimérico, fingido, que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación) no puede haber adjetivo que la describa mejor.
Esta, como muchas otras situaciones similares, pone en evidencia la reconfiguración de las relaciones sociales de la cual las generaciones actuales somos testigo y actor (por no decir víctima). Si bien es cierto que las redes sociales y los dispositivos electrónicos (BB, IPhone, IPad, etc.) han representado un canal de acceso a la información bastante apropiado para la velocidad de la vida moderna, también es verdad que exigen, por parte del ser humano, una nueva manera de establecer relación con los demás. Nunca en la historia, la comunicación escrita había constituido un canal de transmisión de información inmediata e informal. Los textos escritos siempre merecían por lo menos un instante de más, para su relectura, antes de llegar a su destinatario. Incluso la carta, como medio de comunicación familiar y amistosa, requería en su composición un momento largo de reflexión que permitiera el nacimiento de un mensaje fecundo. La tarea exigía detenerse y pensar en lo que quedaría plasmado en el papel. Había oportunidad de escoger el tono, de explorar el estado anímico que se quería transmitir para escoger una a una las palabras que lo reflejaran de la manera más fiel.
Los medios virtuales exigen, por el contrario, una velocidad que no da tregua. Antes, conocer a alguien suponía un primer encuentro, la espera de días, e incluso meses, antes de volverse a ver y el tiempo para decantar lo sucedido. Ahora, los adolescentes, por ejemplo, se conocen en la noche del sábado y para el lunes por la mañana ya saben todo el uno del otro y además han discutido previamente lo que sucederá si se vuelven a ver. El chat es el nuevo lugar de relación. Pero es un lugar que no tiene tono, expresión ni timbre de voz. Además de los “emoticones”, son pocos o nulos los recursos de expresión que ofrece. La palabra está sola y desprovista de la reflexión y el tiempo que supone su madurez. De allí, la infinidad de malentendidos y disgustos que suponen la comunicación por esta vía.
En la realidad virtual la palabra está sola y desprovista de la reflexión y el tiempo que supone su madurez.
lunes, 19 de septiembre de 2011
CAMINOS DE RECONOCIMIENTO
Esta es la consigna de una de las últimas obras del filósofo francés Paul Ricoeur. El sugerente título pone el dedo en la llaga de una de las problemáticas centrales de la época actual que es, a su vez, un anhelo humano que trasciende los tiempos. El reconocimiento se convierte en necesidad no para reafirmar el propio ser, sino ante todo, para descubrirse a sí mismo. Ser alguien para otro es clave en la constitución de la propia identidad.
En un ambiente cargado de información, la definición de la identidad se hace aún más problemática y surge la necesidad de un mayor reconocimiento frente a la ausencia de antiguas estructuras que lo otorgaban de manera casi natural.
Por este motivo, Ricoeur afirmaba que tematizar el reconocimiento es una de las tareas pendientes de la filosofía. Hace falta una filosofía del reconocimiento que dé cuenta de los vericuetos intelectuales propios del problema, y que ante todo, otorgue claves de comprensión para la cultura actual. En esta tarea, Ricoeur nos lega un elemento de reflexión central que no suele aparecer en los ya recurrentes reclamos políticos y sociales. Es el papel del agapē, del amor, en la tarea de reconocimiento.
Lo interesante de este punto es que rompe con la lógica de la reciprocidad, que es la propia al hablar de reconocimiento, porque éste exige un juego de dos partes que supone dar y recibir para completar el ejercicio de reconocer. Sin embargo, lo que plantea Ricouer es la posibilidad de un reconocimiento sin reciprocidad. Un reconocimiento que sea solo don, entrega, sin esperar nada a cambio. Desde esta perspectiva, el camino del amor podría descartarse por imposible, ya que un reconocimiento sin reciprocidad no tiene, a simple vista, posibilidad de atestación, imputación o justicia, que son las condiciones en las que se reclama casi de modo natural, el reconocimiento. Por lo anterior, hablar del amor como régimen de vida que lleva al reconocimiento es un reto difícil, que implica paradojas y debilidades.
Pero, ¿cómo hablar de reconocimiento sin considerar el amor? Sin duda, en toda dinámica humana, el amor está presente no solo como posibilidad sino también como meta, como objetivo central, como norma moral, como sentido de vida. Por tanto, pensar el agapē se hace necesario, y más aún, recorrer el camino y enfrentarse con los abismos, los imposibles y los misterios a los que nos enfrenta.
Lo complejo del amor es que “permanece sin replica frente a las preguntas porque la justificación le es extraña, al mismo tiempo que la atención a sí. Más enigmáticamente aún, el agapē se sitúa en la permanencia, en lo que persiste, ya que su presente ignora la añoranza y la espera. Si no argumenta en términos generales, se deja contar mediante ejemplos y parábolas, cuya salida extravagante desorienta al oyente sin estar seguro de reorientarlo”.
El amor, como camino de reconocimiento es contundente porque es un camino creíble y que genera profundas dinámicas de acción. Pero sobre todo porque es entendido por muchos, es, en toda su dimensión, el verdadero lenguaje universal. Aplicar esta nueva lógica, por difícil que parezca, abre una nueva dimensión al problema del reconocimiento que vale la pena explorar.
lunes, 12 de septiembre de 2011
HUÉRFANOS
Historias de una vida mal lograda, que dejan en todos nosotros desazón e inquietud, aparecen con frecuencia en los diarios y noticieros de nuestro país. La historia del soldado Domínguez es una triste muestra de ello. Muchos de los reportes hablan del desequilibrio psicológico del soldado como causa de su prematura y violenta muerte. En una sociedad que resuelve todo a través de diagnósticos y que privilegia la dimensión interior e individual de las personas, es normal que muchos se queden tranquilos con esta explicación. Inculpar a la locura deja exenta a toda la sociedad.
Pero una historia como estas debe generar en todos, y primero en los periodistas, el afán de indagar en las causas reales que llevaron a que un joven colombiano que, como muchos otros, quedó en manos del secuestro por servir a la patria, haya tenido un desenlace tan desafortunado. Ya su vida estaba rodeada de múltiples factores desfavorables y difíciles de afrontar. Pero el encuentro con el secuestro supuso para él la posibilidad de descubrir un potencial que tal vez en otras circunstancias no hubiese podido vislumbrar. Un compañero de secuestro dice que el soldado Domínguez le enseño la paciencia y lo define como una persona inteligente. No se explica cómo pudo malograr su vida de ese modo y menos aún entiende que le achaquen toda la responsabilidad a una enfermedad psiquiátrica. Este testimonio pone el dedo en la llaga. El soldado al salir de cautiverio no solo demostró las características ganas de vivir de todo aquel que recibe de nuevo la libertad, sino que había puesto sus esperanzas en un talento antes desconocido para él, que le permitía trasmitir directamente desde el corazón, lo que había representado esa dura experiencia.
Muchos dicen que la causa de su desgracia fue encontrarse de bruces con una realidad que contradecía sus expectativas y que representaba, no solo constatar que las cosas estaban mal, sino que los pocos aspectos sólidos que tenía antes del secuestro, habían hecho agua durante su ausencia. Pero la clave de comprensión de esta historia y de otras tantas del mismo estilo, está en desmarcar la tragedia del plano puramente personal. Aún cuando es cierto, y no se pueden desconocer los hechos puntuales que el soldado tuvo que enfrentar, es necesario hacer frente a la responsabilidad que la sociedad tiene en los acontecimientos.
Esta historia reafirma de manera cruda que como sociedad no estamos preparados para sostener un proceso de reinserción a la vida civil, ni de quienes han estado privados de su libertad por causa del secuestro, ni de aquellos que tras haber dejado las armas quieren retornar a la vida social. Si a un soldado que pretendió servir a la patria y que alimentó esperanza en su retorno, le sucede lo que todos hemos visto, ¿qué otro tanto le sucederá a quien ha crecido rodeado de muerte y dolor?
Somos individuos huérfanos de sociedad. El apoyo social que resulta esencial para que las personas alcancen una vida lograda, es prácticamente inexistente en Colombia. Contrario a lo que muchos creen, el terrible mal de nuestro pueblo es el individualismo, que de modo más rotundo que en otros países se ha apoderado de toda nuestra vida.
viernes, 2 de septiembre de 2011
¿QUE HACE EL QUE NO HACE?
Tendemos a definir, de manera inconsciente, el valor de las personas no tanto por lo que son, sino por lo que hacen. Tal vez en nuestra mente y nuestro corazón la premisa de querer al otro por su ser está clara y funciona como ideal ético. Sin embargo, existen diversas fuerzas culturales que siembran dudas al respecto y promueven una visión más pragmática y utilitaria sobre lo que deben representar los otros para nosotros. Este es el caso de la eutanasia y el aborto por malformación o enfermedad.
Una persona que antes se caracterizaba por su actividad y productividad y que por diversas circunstancias deja de hacerlo, queda confinada a una cama y no tiene posibilidad de expresar, del mismo modo, lo que siente y piensa. Desde una mirada pragmática, la persona ha dejado de ser lo que era. Bajo este argumento, quitarle la vida a la persona constituye hacerle un favor y no choca con la premisa ética de querer al otro por lo que es y no por lo que hace. Sin embargo, este argumento constituye una falacia gravísima que confunde nuestro corazón hasta el punto de creer que matando estamos haciendo un gran bien. El engaño está justamente en limitar el quehacer y ser de la persona a su ejercicio racional y a su actividad física. Esta postura desconoce completamente una de las dimensiones clave de la persona humana, a saber, la relación.
Lo que caracteriza a las personas humanas, más aún que la misma racionalidad, es la capacidad de relación y la posibilidad de encuentro con el otro. El ser humano es el único ser vivo para el cual el otro es un alguien significativo. Un alguien que representa para mí, no solo un congénere de mi especie sino sobre todo, un mundo nuevo y distinto que puede suscitar en mí una multiplicidad de sentimientos, reacciones, actitudes, pensamientos y afectos. Esta peculiaridad de la persona humana hace que el encuentro con otro siempre sea una fuente de novedad. Siempre será distinto cada encuentro, pues ese otro, ese alguien, tendrá algo nuevo que dar.
Solo desde esta perspectiva se puede entender en su totalidad el valor de cada persona en el mundo, pues independientemente de su ejercicio racional o actividad física, siempre tendrá algo nuevo que dar. Lo que hacen los que “ no hacen nada” es precisamente lo que permite que podamos desplegar en toda su dimensión nuestro ser personal. Con aquellos que carecen y necesitan, es que podemos ejercer la generosidad, la entrega y comprobar que en estas capacidades no tenemos límite. Siempre se puede dar más, siempre se puede ser más generoso y más aún si estamos hablando de cuidados, atenciones, paciencia y constancia. El poder ilimitado que el ser humano tiende a buscar en otras fuentes –el dinero, el poder, la fama–, tiene entidad real en circunstancias en las que la tarea es el cuidado del otro.
Por eso, decisiones como la eutanasia, el aborto en caso de malformación o enfermedad, la exclusión en caso de incapacidad, son no solo un atentado contra la vida humana, sino también contra la posibilidad propia de todo ser humano de ejercer plenamente como persona en el mundo.
Una persona que antes se caracterizaba por su actividad y productividad y que por diversas circunstancias deja de hacerlo, queda confinada a una cama y no tiene posibilidad de expresar, del mismo modo, lo que siente y piensa. Desde una mirada pragmática, la persona ha dejado de ser lo que era. Bajo este argumento, quitarle la vida a la persona constituye hacerle un favor y no choca con la premisa ética de querer al otro por lo que es y no por lo que hace. Sin embargo, este argumento constituye una falacia gravísima que confunde nuestro corazón hasta el punto de creer que matando estamos haciendo un gran bien. El engaño está justamente en limitar el quehacer y ser de la persona a su ejercicio racional y a su actividad física. Esta postura desconoce completamente una de las dimensiones clave de la persona humana, a saber, la relación.
Lo que caracteriza a las personas humanas, más aún que la misma racionalidad, es la capacidad de relación y la posibilidad de encuentro con el otro. El ser humano es el único ser vivo para el cual el otro es un alguien significativo. Un alguien que representa para mí, no solo un congénere de mi especie sino sobre todo, un mundo nuevo y distinto que puede suscitar en mí una multiplicidad de sentimientos, reacciones, actitudes, pensamientos y afectos. Esta peculiaridad de la persona humana hace que el encuentro con otro siempre sea una fuente de novedad. Siempre será distinto cada encuentro, pues ese otro, ese alguien, tendrá algo nuevo que dar.
Solo desde esta perspectiva se puede entender en su totalidad el valor de cada persona en el mundo, pues independientemente de su ejercicio racional o actividad física, siempre tendrá algo nuevo que dar. Lo que hacen los que “ no hacen nada” es precisamente lo que permite que podamos desplegar en toda su dimensión nuestro ser personal. Con aquellos que carecen y necesitan, es que podemos ejercer la generosidad, la entrega y comprobar que en estas capacidades no tenemos límite. Siempre se puede dar más, siempre se puede ser más generoso y más aún si estamos hablando de cuidados, atenciones, paciencia y constancia. El poder ilimitado que el ser humano tiende a buscar en otras fuentes –el dinero, el poder, la fama–, tiene entidad real en circunstancias en las que la tarea es el cuidado del otro.
Por eso, decisiones como la eutanasia, el aborto en caso de malformación o enfermedad, la exclusión en caso de incapacidad, son no solo un atentado contra la vida humana, sino también contra la posibilidad propia de todo ser humano de ejercer plenamente como persona en el mundo.
viernes, 26 de agosto de 2011
FUSION DE HORIZONTES
La fusión de horizontes supone un esfuerzo mayor a la simple defensa argumentada del propio punto de vista. Es la clave para conseguir una comprensión real de un argumento o comportamiento radicalmente distinto al propio. Su dificultad radica en la necesidad de no “contaminar” el proceso de comprensión con el marco de referencia propio, que emerge siempre de manera inconsciente. Por eso, hace falta una actitud altamente auto-crítica que permita un estado de alerta frente a la fácil tentación de querer juzgar siempre desde el propio punto de vista.
En esta tarea, cabría pensar que los colombianos contamos con una ventaja otorgada por la marcada diversidad de nuestra cultura. Estar siempre al lado de otros distintos es, en principio, el escenario ideal para poder descentrarse del propio mundo e intentar una comprensión de la diferencia. Pero, de modo paradójico, encontramos que nuestra cultura es una de las más intolerantes y violentas. Estar con alguien diferente genera en nosotros, ya no respeto ni mucho menos curiosidad, sino temor y una marcada necesidad de resaltar la diferencia. Este comportamiento responde, tal vez, a una historia bañada por el horror de la violencia, pero sobre todo por un profundo individualismo que bloquea la humana necesidad de conocer a otros y de enriquecerse con mundos nuevos. Solo si las nuevas generaciones procuran trabajar en torno a este descentramiento, será posible alcanzar una sociedad en paz.
Desafortunadamente, el camino que muchos han emprendido con miras al diálogo y al reconocimiento de la diferencia, sufre del mismo problema que arriba se expone. Las minorías que luchan por sus derechos, tienden a configurar un discurso altamente excluyente que lo que consigue es polarizar de modo radical a la sociedad. El lenguaje utilizado por quienes representan estos sectores de la sociedad está poblado de adjetivos que descalifican a quienes “no son como ellos” o a quienes tienen una idea distinta acerca del mundo y de la sociedad. De este modo, su esfuerzo de vinculación social corre el riesgo de fracasar rotundamente pues la única manera de existir socialmente será desde lo distinto e irreconciliable. Perpetuar lo radicalmente distinto solo servirá para impedir el encuentro y el descubrimiento de lo común y, sin espacios comunes, es imposible la construcción de una sociedad real.
Un punto de partida para la superación de esta gran tara social que hoy enfrentamos sería el esfuerzo por procurar una fusión de horizontes en la vida personal. Ya que para la mayoría de los colombianos, la tarea no es la incidencia directa en las grandes estructuras sociales, sino la construcción diaria del propio entorno personal, es desde allí que nos corresponde iniciar el cambio y confiar en sus importantes repercusiones. La fusión de horizontes empieza por el abandono del “ego-mundo” y la búsqueda entusiasta del mundo del otro. No se trata de reafirmar la propia diferencia frente a los demás, sino de aprender a descubrir que en la aparente diferencia del otro, hay un yo mismo que puedo reconocer y comprender. Es de este modo que la cultura entrará por caminos reales de reconocimiento que traerán consigo la conquista del respeto y la paz, bienes tan necesarios y anhelados por nuestra herida sociedad colombiana.
En esta tarea, cabría pensar que los colombianos contamos con una ventaja otorgada por la marcada diversidad de nuestra cultura. Estar siempre al lado de otros distintos es, en principio, el escenario ideal para poder descentrarse del propio mundo e intentar una comprensión de la diferencia. Pero, de modo paradójico, encontramos que nuestra cultura es una de las más intolerantes y violentas. Estar con alguien diferente genera en nosotros, ya no respeto ni mucho menos curiosidad, sino temor y una marcada necesidad de resaltar la diferencia. Este comportamiento responde, tal vez, a una historia bañada por el horror de la violencia, pero sobre todo por un profundo individualismo que bloquea la humana necesidad de conocer a otros y de enriquecerse con mundos nuevos. Solo si las nuevas generaciones procuran trabajar en torno a este descentramiento, será posible alcanzar una sociedad en paz.
Desafortunadamente, el camino que muchos han emprendido con miras al diálogo y al reconocimiento de la diferencia, sufre del mismo problema que arriba se expone. Las minorías que luchan por sus derechos, tienden a configurar un discurso altamente excluyente que lo que consigue es polarizar de modo radical a la sociedad. El lenguaje utilizado por quienes representan estos sectores de la sociedad está poblado de adjetivos que descalifican a quienes “no son como ellos” o a quienes tienen una idea distinta acerca del mundo y de la sociedad. De este modo, su esfuerzo de vinculación social corre el riesgo de fracasar rotundamente pues la única manera de existir socialmente será desde lo distinto e irreconciliable. Perpetuar lo radicalmente distinto solo servirá para impedir el encuentro y el descubrimiento de lo común y, sin espacios comunes, es imposible la construcción de una sociedad real.
Un punto de partida para la superación de esta gran tara social que hoy enfrentamos sería el esfuerzo por procurar una fusión de horizontes en la vida personal. Ya que para la mayoría de los colombianos, la tarea no es la incidencia directa en las grandes estructuras sociales, sino la construcción diaria del propio entorno personal, es desde allí que nos corresponde iniciar el cambio y confiar en sus importantes repercusiones. La fusión de horizontes empieza por el abandono del “ego-mundo” y la búsqueda entusiasta del mundo del otro. No se trata de reafirmar la propia diferencia frente a los demás, sino de aprender a descubrir que en la aparente diferencia del otro, hay un yo mismo que puedo reconocer y comprender. Es de este modo que la cultura entrará por caminos reales de reconocimiento que traerán consigo la conquista del respeto y la paz, bienes tan necesarios y anhelados por nuestra herida sociedad colombiana.
miércoles, 24 de agosto de 2011
CONSIDERACIONES
El aborto como acto legítimo de la libertad de la mujer o como crimen silencioso de una vida que comienza, son las dos posturas ante un tema espinoso y difícil pero de urgente reflexión. Los argumentos son radicales y hacen imposible cualquier posibilidad de diálogo. Además de lo problemática que ya en sí misma es esta realidad –la de los miles de niños que dejan de nacer–, el panorama se oscurece aún más cuando es imposible entablar un diálogo entre dos posturas extremas. Ante estos casos y teniendo en cuenta sobre todo que cualquier realidad humana encierra la posibilidad de diálogo, es conveniente intentar la “fusión de horizontes” que Gadamer ha explorado como herramienta de interpretación.
Dicha fusión supone analizar aspectos que exigen al espectador salir de su punto de vista, desplazarse de su horizonte habitual hacia un terreno en el cual es posible compartir la perspectiva del otro. El simple hecho de compartir por un instante la misma mirada ya supone un primer paso en el camino hacia la comprensión. Es desde esta perspectiva que se presentan las siguientes consideraciones con respecto al aborto, pues para quienes defendemos la vida como derecho fundamental, se pueden convertir en herramientas importantes para invitar a que desde otros extremos, se observe nuestro horizonte y, desde luego, para que nosotros salgamos del nuestro a comprender motivos y razones de las otras posturas.
La OMS ha publicado ya varias veces resultados desalentadores con respecto al uso del preservativo como método de planificación y como prevención de enfermedades de transmisión sexual. Los motivos de este fracaso están, la mayoría de las veces, en factores culturales. En África, la repartición gratuita de dicho artículo, representó la opción para muchos, de tener una piñata infantil decorada al estilo americano. Se comprobó que entre el 70% y el 80% de los preservativos repartidos no tenían como destino el uso al que estaban destinados. Estudios socio-culturales concluyeron que para muchos africanos, el uso de un elemento externo en una relación sexual, suponía ir en contra de sus convicciones ancladas en una profunda vinculación con la naturaleza. Este caso, dentro de muchos otros relacionados con los llamados asuntos de salud sexual y reproductiva, muestra la terrible omisión de pensar soluciones sin tener en cuenta a quienes viven los problemas.
El caso del aborto es un ejemplo más del profundo desconocimiento en materia humana, cultural y social. De diez mujeres que abortan, ocho lo hacen por temor a ser recriminadas socialmente o por amenazas de su pareja o incluso de sus padres. Esta cifra escalofriante pone en evidencia la falacia del argumento de la libertad. En países como el nuestro, en el que la mujer aún tiene que luchar para ser reconocida y valorada, es absurdo defender el aborto como un acto legítimo de libertad. El pleno ejercicio de la libertad supone un contexto que ofrezca las condiciones materiales y espirituales para que la persona pueda reconocer cuáles de sus acciones son efectivamente libres. En nuestra cultura, la mujer libre no es la que aborta; es la que se atreve a desafiar a la sociedad dando a luz una vida en condiciones no ideales, movida por un profundo amor.
Dicha fusión supone analizar aspectos que exigen al espectador salir de su punto de vista, desplazarse de su horizonte habitual hacia un terreno en el cual es posible compartir la perspectiva del otro. El simple hecho de compartir por un instante la misma mirada ya supone un primer paso en el camino hacia la comprensión. Es desde esta perspectiva que se presentan las siguientes consideraciones con respecto al aborto, pues para quienes defendemos la vida como derecho fundamental, se pueden convertir en herramientas importantes para invitar a que desde otros extremos, se observe nuestro horizonte y, desde luego, para que nosotros salgamos del nuestro a comprender motivos y razones de las otras posturas.
La OMS ha publicado ya varias veces resultados desalentadores con respecto al uso del preservativo como método de planificación y como prevención de enfermedades de transmisión sexual. Los motivos de este fracaso están, la mayoría de las veces, en factores culturales. En África, la repartición gratuita de dicho artículo, representó la opción para muchos, de tener una piñata infantil decorada al estilo americano. Se comprobó que entre el 70% y el 80% de los preservativos repartidos no tenían como destino el uso al que estaban destinados. Estudios socio-culturales concluyeron que para muchos africanos, el uso de un elemento externo en una relación sexual, suponía ir en contra de sus convicciones ancladas en una profunda vinculación con la naturaleza. Este caso, dentro de muchos otros relacionados con los llamados asuntos de salud sexual y reproductiva, muestra la terrible omisión de pensar soluciones sin tener en cuenta a quienes viven los problemas.
El caso del aborto es un ejemplo más del profundo desconocimiento en materia humana, cultural y social. De diez mujeres que abortan, ocho lo hacen por temor a ser recriminadas socialmente o por amenazas de su pareja o incluso de sus padres. Esta cifra escalofriante pone en evidencia la falacia del argumento de la libertad. En países como el nuestro, en el que la mujer aún tiene que luchar para ser reconocida y valorada, es absurdo defender el aborto como un acto legítimo de libertad. El pleno ejercicio de la libertad supone un contexto que ofrezca las condiciones materiales y espirituales para que la persona pueda reconocer cuáles de sus acciones son efectivamente libres. En nuestra cultura, la mujer libre no es la que aborta; es la que se atreve a desafiar a la sociedad dando a luz una vida en condiciones no ideales, movida por un profundo amor.
lunes, 22 de agosto de 2011
CAPACIDAD DE ASOMBRO
El asombro ante la realidad es la actitud propia e ineludible de quien aspira a ejercer el oficio del filósofo. El talante filosófico no es compatible con el acostumbramiento ni mucho menos con la indiferencia. Sólo quien se sorprende día a día con lo que le rodea, por más cotidiana que sea su existencia, será capaz de filosofar en serio. Esta condición sine qua non del filósofo es la que permite atravesar el velo de lo siempre dado para descubrir aquello que hace que cada cosa esté revestida una novedad tal que exige indagar en su constitución y más allá de ésta, en sus causas últimas.
Platón, en Teeteto, narra el accidente de Tales de Mileto:
"para contemplar las estrellas alzó la vista y cayó en un pozo, y entonces una muchacha lista y graciosa, tracia, se burló de él, pues se afanaba en saber lo que hay en el cielo pero le pasaba desapercibido lo que tenía delante suyo, a sus mismos pies. Y esta misma burla sigue alcanzando siempre a los que viven en filosofía".
La risa de la muchacha tracia, ha tenido gran eco en la historia. El quehacer filosófico sigue siendo considerado en muchos casos, un ejercicio que carece completamente de utilidad y que no hace más que distraer a algunos de los acontecimientos diarios. Estos acontecimientos, llenan las páginas de los diarios, el tiempo de los noticieros y, de paso, las mentes de aquellos que viven inmersos en la rutinizada vida moderna. Así, la capacidad de asombro tiende, de modo vertiginoso, a desaparecer como actitud vital. La sorpresa ante lo sucedido es cada vez más escasa. Hechos tan espeluznantes como la guerra y los ataques terroristas residen con anticipación en la imaginación gracias a Hollywood, de modo tal que cuando estamos ante ellos, no son más que la repetición de una escena ya conocida que no genera en nosotros más que un profundo hastío.
La opción ante este cansancio es la evasión. Cada uno refugiado en alguna de las múltiples distracciones que ofrece el mundo tecnológico o la diversión social, olvida rápidamente la sucesión de acontecimientos de los que ha sido testigo virtual y con este olvido queda enterrada también la capacidad de sorpresa.
Por ello es urgente un retorno al asombro que exige poner entre paréntesis el flujo de acontecimientos, detenerse un poco a “contemplar las estrellas” como lo hizo Tales de Mileto, y correr el riesgo, con valentía, de caer en el pozo de la reflexión filosófica, a expensas de la burla o el desconcierto de quienes miran. La actitud filosófica es fundamental para encontrar el sentido de los hechos. Todo acontecimiento tiene causas que explican su origen y fin y éstas, por lo general, no se presentan de manera explícita.
Es recomendable fomentar la capacidad de asombro. Si bien, como seres humanos la poseemos de modo natural, factores culturales y sociales nos han hecho olvidarla poco a poco. Ante tal olvido el antídoto es la filosofía misma. Aprender de quienes, asombrados, pudieron ver más allá de los hechos, es un camino seguro para revivir aquel talente que nos despierta del profundo sueño en el que nos ha sumido la indiferencia.
Platón, en Teeteto, narra el accidente de Tales de Mileto:
"para contemplar las estrellas alzó la vista y cayó en un pozo, y entonces una muchacha lista y graciosa, tracia, se burló de él, pues se afanaba en saber lo que hay en el cielo pero le pasaba desapercibido lo que tenía delante suyo, a sus mismos pies. Y esta misma burla sigue alcanzando siempre a los que viven en filosofía".
La risa de la muchacha tracia, ha tenido gran eco en la historia. El quehacer filosófico sigue siendo considerado en muchos casos, un ejercicio que carece completamente de utilidad y que no hace más que distraer a algunos de los acontecimientos diarios. Estos acontecimientos, llenan las páginas de los diarios, el tiempo de los noticieros y, de paso, las mentes de aquellos que viven inmersos en la rutinizada vida moderna. Así, la capacidad de asombro tiende, de modo vertiginoso, a desaparecer como actitud vital. La sorpresa ante lo sucedido es cada vez más escasa. Hechos tan espeluznantes como la guerra y los ataques terroristas residen con anticipación en la imaginación gracias a Hollywood, de modo tal que cuando estamos ante ellos, no son más que la repetición de una escena ya conocida que no genera en nosotros más que un profundo hastío.
La opción ante este cansancio es la evasión. Cada uno refugiado en alguna de las múltiples distracciones que ofrece el mundo tecnológico o la diversión social, olvida rápidamente la sucesión de acontecimientos de los que ha sido testigo virtual y con este olvido queda enterrada también la capacidad de sorpresa.
Por ello es urgente un retorno al asombro que exige poner entre paréntesis el flujo de acontecimientos, detenerse un poco a “contemplar las estrellas” como lo hizo Tales de Mileto, y correr el riesgo, con valentía, de caer en el pozo de la reflexión filosófica, a expensas de la burla o el desconcierto de quienes miran. La actitud filosófica es fundamental para encontrar el sentido de los hechos. Todo acontecimiento tiene causas que explican su origen y fin y éstas, por lo general, no se presentan de manera explícita.
Es recomendable fomentar la capacidad de asombro. Si bien, como seres humanos la poseemos de modo natural, factores culturales y sociales nos han hecho olvidarla poco a poco. Ante tal olvido el antídoto es la filosofía misma. Aprender de quienes, asombrados, pudieron ver más allá de los hechos, es un camino seguro para revivir aquel talente que nos despierta del profundo sueño en el que nos ha sumido la indiferencia.
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