miércoles, 24 de agosto de 2011

CONSIDERACIONES

El aborto como acto legítimo de la libertad de la mujer o como crimen silencioso de una vida que comienza, son las dos posturas ante un tema espinoso y difícil pero de urgente reflexión. Los argumentos son radicales y hacen imposible cualquier posibilidad de diálogo. Además de lo problemática que ya en sí misma es esta realidad –la de los miles de niños que dejan de nacer–, el panorama se oscurece aún más cuando es imposible entablar un diálogo entre dos posturas extremas. Ante estos casos y teniendo en cuenta sobre todo que cualquier realidad humana encierra la posibilidad de diálogo, es conveniente intentar la “fusión de horizontes” que Gadamer ha explorado como herramienta de interpretación.


Dicha fusión supone analizar aspectos que exigen al espectador salir de su punto de vista, desplazarse de su horizonte habitual hacia un terreno en el cual es posible compartir la perspectiva del otro. El simple hecho de compartir por un instante la misma mirada ya supone un primer paso en el camino hacia la comprensión. Es desde esta perspectiva que se presentan las siguientes consideraciones con respecto al aborto, pues para quienes defendemos la vida como derecho fundamental, se pueden convertir en herramientas importantes para invitar a que desde otros extremos, se observe nuestro horizonte y, desde luego, para que nosotros salgamos del nuestro a comprender motivos y razones de las otras posturas.

La OMS ha publicado ya varias veces resultados desalentadores con respecto al uso del preservativo como método de planificación y como prevención de enfermedades de transmisión sexual. Los motivos de este fracaso están, la mayoría de las veces, en factores culturales. En África, la repartición gratuita de dicho artículo, representó la opción para muchos, de tener una piñata infantil decorada al estilo americano. Se comprobó que entre el 70% y el 80% de los preservativos repartidos no tenían como destino el uso al que estaban destinados. Estudios socio-culturales concluyeron que para muchos africanos, el uso de un elemento externo en una relación sexual, suponía ir en contra de sus convicciones ancladas en una profunda vinculación con la naturaleza. Este caso, dentro de muchos otros relacionados con los llamados asuntos de salud sexual y reproductiva, muestra la terrible omisión de pensar soluciones sin tener en cuenta a quienes viven los problemas.

El caso del aborto es un ejemplo más del profundo desconocimiento en materia humana, cultural y social. De diez mujeres que abortan, ocho lo hacen por temor a ser recriminadas socialmente o por amenazas de su pareja o incluso de sus padres. Esta cifra escalofriante pone en evidencia la falacia del argumento de la libertad. En países como el nuestro, en el que la mujer aún tiene que luchar para ser reconocida y valorada, es absurdo defender el aborto como un acto legítimo de libertad. El pleno ejercicio de la libertad supone un contexto que ofrezca las condiciones materiales y espirituales para que la persona pueda reconocer cuáles de sus acciones son efectivamente libres. En nuestra cultura, la mujer libre no es la que aborta; es la que se atreve a desafiar a la sociedad dando a luz una vida en condiciones no ideales, movida por un profundo amor.



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