lunes, 1 de agosto de 2011

DIAGNOSTICO CULTURAL

Desde que Freud instaurara las ya comunes y difundidas categorías psicológicas para explicar los conflictos que enfrenta el ser humano a lo largo de su vida, Occidente ha decidido leer en clave terapéutica todo aquello referido a la dimensión afectiva y emocional del ser humano. Lo que antes era considerado como un rasgo de la personalidad ahora tiende a ser interpretado como señal de psicopatología. Ya no hay niños curiosos e inquietos sino enfermos de TDAH con necesidad urgente de medicación; también los adultos buscan con ansiedad la clave terapéutica que les ayude a superar las taras sociales que le impiden alcanzar el éxito. Estas situaciones, entre muchas otras que caracterizan la cultura actual, son fruto de la pretensión moderna de instrumentalizar la razón hasta el punto de poder usarla para adquirir un dominio pleno de los sentimientos y emociones.
Lo curioso de esta pretensión es que tenga tanta popularidad dentro de un mundo que explota de modo exagerado la dimensión emocional humana. El sistema capitalista vigente está colmado de dinámicas que utilizan los afectos y sentimientos para fomentar un consumo cada vez menos racional, al mismo tiempo que crea la necesidad de acceder con urgencia a técnicas terapéuticas para poder resolver los problemas personales. El sistema hace las veces de tirano y salvador y todo queda justificado si, con su estrategia, produce grandes cifras en los mercados mundiales. La dinámica que se instaura en la cultura de hoy es la búsqueda de fuertes e intensas emociones que sobrepasen el punto de ebullición de la afectividad, para luego, ya quebrados, recurrir a los manuales de autoayuda, las clases de yoga, las gotas naturales o el psicoanálisis, con la esperanza de recuperar el control.
A esta dinámica hay que añadir que la explotación de las emociones se lleva a cabo en el ámbito de la ficción pues es en escenarios inventados donde se invita a vivir en esa magnitud las emociones. Como dice la filósofa Ana Marta González, “característica de la cultura en que vivimos no es solo cierta mezcla de ficción y realidad, que alimenta la ironía posmoderna, sino también la sobredosis de ficciones.”
En este proceso, queda del todo desatendida la educación de la afectividad. La posibilidad de que el ser humano, sin necesidad de instrumentalizar la razón, sino haciendo amplio uso de su inteligencia consiga comprender, manejar y armonizar sus afectos, es prácticamente ignorada por la cultura. Así, la afectividad queda sometida al vaivén de los juegos emocionales del consumo y la terapéutica de turno.
El cultivo de los afectos implica ser capaz de responder, con la emoción adecuada, a las distintas acciones de las que somos protagonistas. Pero estamos inmersos en una cultura en la que no hay claridad alguna sobre tal correspondencia. El camino terapéutico es confuso precisamente porque en muchos casos olvida que la afectividad es una dimensión que debe ser educada y cultivada. No es suficiente el diagnóstico o rotulación de las situaciones vitales para comprenderlas y manejarlas en profundidad. El camino terapéutico que hemos emprendido necesita desde muchas perspectivas una pronta y urgente revisión, pues de lo contrario estaremos perdiendo la posibilidad real de explorar la riqueza de la afectividad humana.   


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