miércoles, 14 de marzo de 2012

LA COMIDA Y EL ALMA

Al ver de nuevo en estos días la película El festín de Babette, inspirada en el cuento de Isak Dinesen que lleva el mismo nombre, no dudo en calificarlo como uno de los mejores relatos que he podido conocer. Para categorizarlo de este modo señalo tres características peculiares: la novedad del tema, la sutileza de los diálogos y la exaltación del arte.
Aunque los tres aspectos se prestan para amplios comentarios, considero que el primero de ellos merece un reconocimiento precisamente porque en tiempos de comidas rápidas, la apreciación de la buena mesa parece brillar por su ausencia.
¿Por qué, para el ser humano, comer no sólo tiene un efecto biológico sino que adquiere múltiples y novedosos significados cada vez que tiene lugar? La hora de la comida siempre representará una oportunidad en múltiples niveles; en las relaciones, en el arte, en lo trascendente se abren las esferas de innovación y la comida se convierte en un motivo para conocer, para crear, para amar.
Comer es uno de los grandes misterios del hombre por la complejidad que adquiere una simple función básica (la nutrición). Basta con observar todo lo que acontece alrededor de la comida para intuir que lo que se persigue a través de ella no es una simple porción calórica. La relevancia del comer en la esfera espiritual anuncia un punto aún más alto en el significado que la comida adquiere para el animal humano. La marca del trayecto religioso está estrechamente relacionado con lo que se come y lo que no. Sin embargo, aún cuando en todas las tradiciones religiosas la comida tiene un papel crucial en el camino que el ser humano emprende hacia lo divino, nuestra época ha opacado y confundido este tipo de relación;
El festín de Babette revela una de las posibles confusiones y presenta una resolución inspiradora. En ella, se calca a la perfección la esfera de novedad que envuelve la comida; desde lo exótico de los ingredientes que Babette manda traer de Francia, hasta el contraste casi risible entre la sobriedad y sencillez de los comensales y la elegancia y deleite con que está puesta la mesa, el relato va guiando al espectador hacia el descubrimiento de lo trascendente a través de aquello que comúnmente se asocia con su contrario: el cuerpo y los placeres. La transformación que la experiencia culinaria imprime en los comensales es el sello con el cual se manifiesta el misterio del buen comer. El efecto del banquete es sorpresivo y abrumador. Los comensales quedan envueltos en un halo misterioso que los reconcilia entre sí y les recuerda el sentido de sus vidas. Justo aquello a lo que temían les ofrece, de manera gratuita e inesperada, lo que tanto anhelan.
El autor narra como “de lo ocurrido después de la velada nada puede aquí precisarse. Ninguno de los invitados lo recordó más tarde con claridad. Solo sabían que las habitaciones se llenaron de una luz divina, como si varios pequeños halos se hubieran fundido en un resplandor glorioso”. La experiencia de la que han sido partícipes es la gran obra de una artista. Han encontrado, gracias a ella, el lugar que al comer le corresponde.  

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